jueves, 24 de enero de 2008

CUENTO DE AMOR





Voy a beberme el mar.
Ya tengo listo mi velero fantasma,
no le he trazado rumbos a mi ausencia,
no he fatigado el mapa
localizando zonas que no bailen
al macabro jazz-band de las borrascas.
Viajaré simplemente
sin triangular alturas ni distancias,
llevando en el timón a Don Quijote
y la Rosa del viento en la solapa.

Acompáñame tú, dulce chiquilla.
Partiremos al alba, cuando los alcatraces no dibujen
su ecuación de naufragios sobre el agua.
Arranca tus raíces de la tierra,
abre tu citolegia de nostalgias
y vamos a bebernos el océano
en copa de luz de la mañana.

Visitaremos todos los países,
los puertos y las radas.
te compraré crepúsculos en Chipre,
un elefante niño al sur del África,
un gajo de luceros en Corea,
dos elásticos tigres de Bengala,
el dolor milenario de un camello
y la fatiga estéril del Sahara.

En el Japón te mostraré los biombos
con las figuras bilingües y enigmáticas.
En Pekín buscaremos ala muñeca
de blanco corazón de porcelana.
Haremos de bambú balsas de ensueño
para subir un río de esperanzas
y te daré un sombrero en forma de hongo
y unas chinelas para tu pijama.

Pasaremos a Escocia y a Noruega.
Después navegaremos a Finlandia
para buscar la estirpe de un vikingo
de ojos azules y de luenga barba
que se murió coleccionando fiordos
en el álbum con sal de su nostalgia,
mientras su vieja pipa marinera
quemaba archivos íntimos del alma.

Y siempre y sin control, siempre viajando
llegaremos al país de Scheherezada
y allí te contaré Mil y una Noches
de reyes y de esclavas,
de romances y torres de marfil,
de bazares, de alfombras y de flautas,
de madrigales y de surtidores
de pie como las cobras encantadas.

Subiremos al Rhin buscando a Wagner
y su tetralogía desvelada.
Cazaremos los cisnes hiperbóreos
que abanican la muerte con sus alas.
Te diré que la música es un vino
que cuando estamos tristes se derrama
y que el silencio es un santuario celta
donde reposa el corazón de un arpa.

Y fatigando el mar, ¡Qué importa el tiempo!
visitaremos la Ciudad Sagrada,
la tierra de la Cruz y del olvido,
la escuchó el Sermón de la Montaña,
la patria de Jesús y de maría,
a la que arrulló las bienaventuranzas,
la tierra donde un tosco carpintero
pulió a garlopa el globo de una lágrima.

En otro amanecer arribaremos
a las Islas canarias.
Te compraré su nombre que es un trino
diluido en el agua.
Para pescar luceros en el fondo
te bastará la red de tus pestañas
y aprenderás que a Dios también se llega
por el verde camino de las algas.

Si sueñas ver a Nápoles,
cruzaremos por mármoles de Italia
y te daré una góndola en Venecia
y en Asís la humildad de una campana.
Compraremos al dante sus laureles
y al Benvenuto su luciente daga,
para tu muñeco de ilusiones
y tu azul inquietud de extravagancias.

Buscaremos ositos en Liberia.
Rutas de manzanilla al sur de España,
la sombra adolescente de Platero,
la capa de Unamuno en Salamanca,
la fatiga inmortal de Rocinante,
el dardo del Amor Clavado en Ávila,
la morena ascendencia de “El Cachorro”
y el llanto de Boabdi sobre Granada.

Y cuando tengas sueño mi pequeña,
cuando te canses de medir distancias
y no quieras viajar a la deriva
con la Estrella Polar a las espaldas,
te arrullaré mientras mi vieja pipa
que compré a un bucanero en Samarkanda,
quema frente a la noche de tus ojos
mi viejo contrabando de nostalgias.

Jorge Robledo Ortiz

Colombiano

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